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Siempre te quise feliz.

Se fue septiembre, y tú te fuiste con él y su desesperada manía de renovarse cada año. Se fue septiembre, y el tiempo siguió pasando y la vida siguió viviendo (echándote de menos), todo, o casi, pareció encontrar un lugar nuevo para continuar creciendo , ya sin tus florecientes cuidados.
Pero yo me quedé quieta, negándome a eso de avanzar sin el peso de fabricar tu felicidad a mis espaldas. Durante el tiempo que me regalaste me levanté mañana tras mañana únicamente para hacerte feliz, y puse tanto corazón y tanto de mi tiempo que.. con ese septiembre me quedé parada.
 Queriéndote (en mayúsculas)  recordando una y mil veces las fotos que hallaba entre mis escombros personales, queriendo construir mi mundo sin ti pero evitando hacerlo,por si tu vuelta llegaba tarde o temprano...
Recuerdo como prometí a alguien olvidarte (y odiarte si era necesario)
Y bebí tanto vodka que cada gota me llevaba a tu habitación, fumé tanto Malboro que tosía y tosía con la esperanza de no volver a respirar jamás. Te juro que me salieron callos de escribirte, e inundé mi almohada de lágrimas en tu nombre. Perdí 65 kilos (contando con los 60 de tu cuerpo) ,y pasé tantas noches en vela ,que lo poco que dormía solamente soñaba con tu regreso entre mis brazos.
Me vi a mi misma inútil, absurda y furiosa.




Y aún así no conseguí odiarte.


Y a veces, en días como hoy me pregunto si tú también rebuscas entre tus escombros o si conseguiste evitar que tu hogar terminara hecho pedazos cuando amenacé con dejarlo. 
A veces me pregunto si gritas mi nombre desde dentro con la esperanza de que regrese para salvarte...
A veces cavilo si es justo el precio que ahora mismo pago, por todo lo que recibiste y un día quisiste abandonar.




                                -36 de diciembre 2011 /64 amaneceres han presenciado ya mis intentos por recuperarte

Nuestro último baile.

Aquel último baile fue el más incomodo de la historia de nuestra vida.

Tus ojos ya no decían quererme, y el calor de tus abrazos se había convertido en una fría escarcha que amenazaba con quebrantar todo lo que se le pusiera por delante (incluido mi corazón).
Que me mate la pena-pensé -, morir de quererte me resultaba tentador y precioso.
Pero tu absurdo y contradictorio egoísmo no frenó nunca mis desesperadas ganas, y ese último intento de recuperarte acabó dejándome un amargo sabor en los labios.

La nostalgia de tu piel es como una droga que me obligó a reanimar estos latidos que ya no tienen ni sentido ni dueño que los reclame.
Así que te besé, y me tragué tu orgullo, mi orgullo y el miedo a perderte.
Y al apartarte para no besarme, caímos desde aquel precipicio separados por el rencor que el dolor nos obligó a tenernos. Tú aprendiste a volar.
Y yo a curarme las heridas sin pensar en lo felices que fuimos mientras discutíamos qué nombres le pondríamos a nuestros perros.
Y ahora sin embargo al recordar(me)lo, pienso que no estuvo tan mal abrir las compuertas del estanque en la parte interior de mis ojos, sólo para derramar las ácidas lágrimas que en él provocaste. Hay que ventilar de vez en cuando, aunque sea sólo para que no se note que la presa sigue estando a punto de estallar en pedazos con la forma de tus manos.